martes, 19 de abril de 2016

Uno de esos nudos


Una gaseosa, un litro de agua, un par de tazas de té, nada lograba bajarme ese nudo de la garganta. Sentía que me estaba ahogando, mis manos vibraban y mi corazón sumergido en un punzante y agudo dolor, no dejaba de repiquetear. Me encontraba sólo en aquel frio aeropuerto. Observaba como estaban distribuidas esas veinte libras de más en mi estómago, lo reventado de las puntas de mi cabellera de Sansón. Revisaba mi celular una y otra vez, aun sabiendo que esto era sin sentido, puesto que no tenía minutos para llamar, ni datos para utilizar el internet. Aparentemente el aeropuerto contaba con Wi-Fi gratis, así que insistentemente trataba de obtener la señal del mismo. Después de muchos intentos, logré obtener una barra de señal. Inmediatamente ingresé en mi correo y escribí:

Perdóname una vez más por favor. Mañana regreso a Guatemala. Necesito medicamentos y atención del psiquiatra. Sé que no entenderás esto...ni yo entiendo cómo puedo ponerme tan mal.
Referente al boleto de vuelta, obvio salió mucho más barato que el de ida y me lo regalaron.
Referente al boleto de venida, yo sé que gastaste un dineral y prometo aunque sea de a pocos pagártelo. 
En verdad lo lamento. Solo estoy dando patadas de ahogado para estar bien. El insomnio y la depre me tienen muy mal. 
En verdad, mi madre no tiene nada que ver. Tanto ella como tu se han esmerado en velar por mi bienestar y les ha costado mucho comprender esto.
Perdóname, sé que soy una vergüenza, pero algún día mejorare. Evaluare regresar a USA con un mejor plan. Logre hacer varias cosas.

Cruzaba los dedos para que el correo pudiera enviarse, sin embargo, estaba aterrorizado y avergonzado por lo que había escrito, por lo que hice, por la respuesta (si es que había alguna) y por lo que sabía que estaba perdiendo o arrancando de mi vida.

Habían pasado tan sólo unos meses desde que emprendí una especie de aventura para obtener el tesoro de una vida mejor en Estados Unidos. A diferencia de muchos de mis compatriotas, yo no me iba de “mojado”. Yo nací en Estados Unidos, sólo nací ahí, pues me había criado en Guatemala. Cuenta mi madre que desde que tenía tres años de edad me trajo en brazos a Guatemala, su tierra natal y no volví más a ese caótico país, hasta hacía unos años atrás cuando me enlisté en la lista de voluntarios para una misión para “convertir” a una comunidad de latinos que vivían en un campamento de remolques en Carolina del Norte. La misión no duró más que un par de semanas y regresé con un falso sentimiento de logro por “la buena obra” que habíamos hecho y muchas fotografías mentales de aquel lugar.
Está vez me había ido para no volver. Mis amigos y familiares me organizaron despedidas con muchas cosas que me gustaban, por ejemplo el tequila, mucho tequila. Me despedí con un fuerte abrazo de cada uno y días después mi hermano me acompañaba al aeropuerto. Para mi madre era demasiado, de manera muy tajante le pedí que no llorara y que fuera fuerte. Mi hermano también lloró en el aeropuerto, nunca había llorado así y menos por mi. Ni siquiera esa vez que me tragué el puñado de narcóticos para acabar con mi vida. Él estaba frente a mi, muy decepcionado y yo muy harto de la vida.

Mi padre estaba ahí, me abrazó y dos enormes lágrimas recorrían sus mejillas. –“Está bien llorar, los hombres también lloramos” me dijo. Recuerdo cuando era niño, mi padre solía decirme: “Los hombres no lloran” y muchas veces mientras conducía cantaba “Los chicos no lloran” de Miguel Bosé. Yo no sentía el deseo de llorar, solamente sentía un terrible vacío que ni todas las lágrimas del mundo podían llenar, ni los abrazos, ni los besos de las personas que amé, que amo y que amaré.

La estadía en Estados Unidos fue agridulce al principio. Yo poseía pasaporte Norteamericano, sin embargo, nunca había sacado mi ID, ni mi Social Security Number. Ambas cosas me tomaron un par de meses, ya que tuve que comprobar que había nacido en Estados Unidos y que había vivido, estudiado y trabajado en Guatemala.

Fracasé en obtener mi licencia de conducir, pesé a que tenía más de diez años manejando en la jungla automovilística guatemalteca, no bastó toda mi experiencia para ganar el estúpido examen escrito del departamento de transito de Oklahoma, las dos veces que intenté.

Logré conseguir trabajo como mesero en un famoso Steak House. Toda mi vida huí a ser mesero, sin embargo, por sugerencia de mis hospedadores y mi padre, accedí a laborar en ese lugar.
El restaurante era hermoso, claro está, cuando se encontraba vacío. Iluminado por luces tenues y armonizado por música country, el famoso Steak house atraía a mucha gente. Lamentablemente la administración y el servicio eran pésimos. Nosotros los meseros ganábamos dos dólares la hora, más la propina. Sin embargo, los infelices gringos eran sumamente mezquinos. Solían dar propinas de un penny o un dólar, independientemente de si te desvivías por atenderlos por una hora y hasta cuatro horas que ocupaban la mesa de tu área.

El trabajo era sumamente pesado. No sólo había que tomar los pedidos y fingir el rostro de miss teen USA, sino que había que armar los platillos, puesto que el cocinero sólo se encargaba de asar la carne. Al finalizar el día había que limpiar las mesas y toda el área en donde se trabajó, así como por lo menos una estación en la cual se servían las bebidas y dispensaban las salsas para las carnes y si fuera poco, no podías retirarte debías enrollar por lo menos doscientos juegos de cubiertos en servilletas blancas.

Trabajé un par de meses en ese lugar una vez obtuve mis papeles. Aprendí a querer un poco la música country, las vestimentas a los “Wild West” y una que otra mesera que se animaba a saludarme con una agradable sonrisa. No tenía problemas en inglés, acorde a mis últimas evaluaciones, mi nivel de inglés era del noventa y cinco por ciento, leído y escrito.
Oklahoma, a diferencia de California (en donde nací) estaba aún predominado por gringos y no era muy común ver latinos. Con excepción de ciertas zonas. Esto era perfecto para mi, siempre soñé con casarme con una gringa. Mi madre solía decir que estas eran muy insípidas. A mi siempre me atrajeron, mas no sabría afirmar con exactitud, la verdadera razón de este gusto.
Desde que apliqué al trabajo, observé con cierta timidez a una gringa que aplicaba a mesera ese mismo día también. Tiempo después, pese a mis intentos por acercarme más, lo único que obtuve fueron sus historias de sus malos ex novios, del padre de su hija y de su novio actual, quien era sumamente posesivo.

Logré hacer buena amistad con el guardia de seguridad. Un tipo de raza negra que cuando se aburría entraba al restaurante a hacer payasadas y a pedir su comida. A veces, los pocos meseros, estábamos tan ocupados que no nos daba tiempo de ingresar a la computadora su orden y mucho menos servirle, por lo que, según me contó, muchas veces pasaba el día entero sin comer.
En una ocasión, el restaurante estaba que eructaba de gente y “Henry”, el guardia de seguridad, rondaba cual león hambriento, el interior del restaurante. –“Hey, How are you?” le pregunté -“Hungry, very hungry” me contestó. Pese a lo negro, Henry se veía casi blanco de lo pálido que estaba ese día. En ocasiones anteriores, charlaba con el a la una o dos de la mañana cuando finalmente salía del restaurante y me fumaba un cigarrillo. Henry me comentó que rentaba un pequeño apartamento con su novia y que tanto esta como su madre le exigían buenas cantidades de dinero. Asimismo, que aún tenía una deuda algo grande con la dueña del apartamento que rentaba con anterioridad.
Ese día no nos dábamos abasto atendiendo las mesas. Por lo menos cuatro meseros habían renunciado los días anteriores, la razón, sencilla: Mucho estrés y muy poca paga. Los pocos meseros que quedábamos atendíamos por lo menos dos mesas más de lo que usualmente manejábamos. Parecía un campo de guerra, de esas películas hollywoodenses. Los meseros corríamos de un lado al otro, tomando órdenes, sirviendo los platos, limpiando las mesas. Obviamente los clientes no notan esto y sólo quieren ser atendidos lo más rápido posible. Recibimos burlas, maltratos verbales y si teníamos suerte, un par de dólares de propina. Había comida tirada por todo el piso, tanto la que los sucios clientes tiraban, como la que nosotros en nuestras carreras dejábamos caer. No había misericordia ese día, pero Henry tenía hambre, mucha hambre. Me acerqué a la computadora a ingresar un listado de once órdenes, pero las dejé de lado para ordenar una hamburguesa, una orden de “armadillo eggs” y un vaso grande de gaseosa para Henry, el cual estaba muy apenado. El estaba consciente del caos de ese día. Le hice un espacio en una pequeña mesa y le conseguí un banco para que tomara asiento y seguí atendiendo las mesas. Minutos después, hice una pausa para servirle otra bebida y después del resto de tareas, concluyó ese día.

Días después fue muy similar, quizá peor, otro mesero había renunciado en un ataqué de ira, en la cual devoró con fiereza todas las sobras de por lo menos dos mesas, se limpió la boca con el delantal y se largó. El restaurante estaba cerrando sus puertas a las diez, de repente entraron dos grupos de diez y seis personas respectivamente. Yo era el único mesero en pie, los otros ya estaban enrollando cubiertos. La host, los envió a mi área y por ende, me tocaba atenderlos. Me sentía como un saco de papas por el cansancio. Me apreté el delantal alrededor de mi regordeta cintura, obligué a mi rostro a sonreír y fui directamente a atenderlos. Sorpresa, ambos grupos estaban celebrando a un cumpleañero. Yo sentía que me iba a dar un derrame, pero en lo que fue, quizá la celebración de cumpleaños más patética en la que he participado, serví a cada grupo un delicioso “Apple cobbler” y posteriormente procedí a cantarle a cada uno el “Happy Birthday”. No hubo otro mesero que cantara conmigo, fui un terrible solista esa noche, pero saqué la tarea. Uno de los grupos me dejó veinte dólares y el otro diez. Hasta ese momento, no había recibido mejor propina en mi vida. Quizá les dio mucha lastima mi actuación. Limpie las mesas, me quité el delantal, saqué un cigarrillo de mi caja de Marlboro rojos y cuando me dirigía a la salida del restaurante, escuché un grito de la jefa de turno…todavía tenía que enrollar cubiertos. Guarde el cigarro y me dirigí a la cocina a traer mis doscientos juegos de cubiertos. -”Sorry honey, today we need you to roll some more”. Me lo temía, ya todos se habían ido, solo el cajero, la jefa y yo quedábamos en el restaurante. Ellos disfrutaban un Whisky, mientras yo, ya había perdido la cuenta después del doscientos veinte cuatro de número de juegos de cubiertos que debía enrollar esa madrugada. Si, el reloj ya marcaba las dos con diez minutos.
Me abandoné a la resignación, pero me invadía cierto asco, cierta nausea, no por un mal olor, sino por lo descontento que estaba con mi vida en ese momento. –“Esto no es lo que quiero para mi vida” me repetía una y otra vez, apretando fuertemente la mandíbula, mordiéndome el labio inferior.
No sé cuántos juegos de cubiertos enrollados tenía apilados frente a mi nariz, lo cierto es que aún faltaba unas tres o cuatro veces más esa cantidad. Yo seguía enrollando  por inercia. Henry entró al restaurante y me preguntó que hacía aún dentro del mismo. No quise ni hablarle, sólo le señalé la montaña de cubiertos que esperaban ansiosamente ser enrollados. Henry se sentó frente a mi y me preguntó cuál era la técnica para enrollarlos. Le mostré con brevedad. Pasaron varios minutos para darme cuenta que Henry, el guardia de seguridad, quien único trabajo era vigilar el parqueo y el exterior del restaurante, me estaba ayudando. -“You don´t have to, its not your job”, le dije con cierto dolor.
“I want to and that’s why I do it”, respondió. Comprendí, que sin importar lo que le dijera, el guardia de seguridad no dejaría de enrollar los cubiertos. 
Ya eran las tres de la mañana y este teólogo que ahora trabajaba como mesero, tenía una charla existencialista con un guardia de seguridad. Me esmeré en hacerle ver que la vida debería de tener más sentido que obtener trabajos solo para pagar las cuentas, sin embargo, su simpleza me provocaba cierta admiración, quizá envidia. Por más que quisiera, no había forma que pudiera ver la vida con tal simpleza, al menos, ya no más. Aprecie y agradecí mucho su gesto. Terminamos de enrollar los quién sabe cuántos benditos juegos de cubiertos. Regresé al lugar en donde me hospedaba. Descansé los dos días que me correspondían.

 Disconforme con el trato y la paga indigna, decidí renunciar. Después de todo, no había decidido cambiar mi vida para seguir igual o más miserable. Fui al restaurante con delantal en mano, lo devolví, notifiqué de mi renuncia. Preguntaron la razón y con toda honestidad dije: -“No es lo que deseo para mi”. Pedí mi primer “Apple cobbler”  lo disfruté en una mesa a solas. Siempre que servía uno, lo saboreaba con tantas ganas. Algunos de mis compañeros meseros fueron a despedirse y una de las host. Se trataba de una joven sumamente atractiva, con la cual cruzamos palabras varias veces. Yo estaba seguro que ella me encontraba atractivo, así que me armé de valor y apunté en un trozo de papel mi número de teléfono y le dije “para que sigamos en contacto” Noté cierto desagrado en su rostro y entendí que yo había malinterpretado totalmente sus buenas caras y miradas hacia mi.

Pasé varias semanas sin trabajo, no sabía por dónde empezar a buscar. Los que me hospedaban estaban sumamente indignados con mi renuncia a ser mesero. Ellos habían sido meseros toda su vida y estoy seguro que lastimé su dignidad cuando dije que no quería eso para la mía. Desde que renuncié, su trato hacia mi fue sumamente pesado. Me la aguanté.
Con el pasar de los días, me acabé mis pastillas para dormir, los antidepresivos también y con eso, lo que me quedaba de salud. Pasaron dos semanas en las que estoy seguro, no dormí más de dos horas. Sentía que me estaba volviendo loco. Estaba asqueado de la cantidad de porquería de animal que había por toda la casa. Perros, gatos, gallinas y hasta cabras andaban por la casa a sus anchas y la caca de las mismas se petrificaba antes de ser recogida por los dueños de la casa. En ocasiones yo me encargaba de recogerla, en otras, el par de viejos le gritaban a mi compañero de cuarto para que lo hiciera.

Jesús era el nombre de mi compañero de cuarto. Pese a que ya tenía dieciocho años cumplidos, Jesús tenía el cuerpo de un niño de doce. Esto se debía a que nació prematuro y encima pasó mucha hambre en su niñez. Su madre fue una de esas “madres luchadoras” que se las pasaba de fiesta en fiesta y de palo en palo. Quedó embarazada de él y lo dejaba al cuidado de cualquier persona para ella seguir viviendo su vida de “soltera”.  Fue adoptado por su abuela y su abuelo, los cuales, independientemente de brindarle alimentos y estudios, lo tenían de esclavo por años. Jesús les hacia los mandados, Jesús hacía todo lo que se refería a oficio de la casa. No había un gracias de parte de ese par de viejos, no había una palabra de afecto. Ellos no podían hablarle o pedirles las cosas si no era a gritos y recordatorios de lo inútil que era y lo mucho que les debía. Jesús a veces, en rebeldía dejaba de limpiar la caca. No lo culpo, era una terrible tarea.

A medida que se fueron los días, también mis ganas de vivir y la comunicación con mis hermanos y mi madre incrementó. No era de balde que se alarmaran al escuchar el tono de mi voz. Ellos sabían bien lo que estaba pasando, sabían que mis medicamentos se habían terminado desde hace días, sabían que los de la casa no me dejaban salir y hacer con libertad y sabían que en más de una ocasión, yo había intentado quitarme la vida.


Mi madre me llamó una mañana y me dijo “ya tenemos tu boleto, te vienes de regreso, aquí te cuidaremos, te llevaremos al psiquiatra y te conseguiremos los medicamentos” Yo me ahogaba de la angustia, fracasé estrepitosamente y nuevamente.  ¿Con qué cara iba a ver a mi padre? ¿Con qué cara iba a ver a mis amigos, a mis demás familiares, a todos de los que me había despedido? No! No podía ser, no podía regresar como un completo perdedor, derrotado, inundado de lástima cual mendigo. No podía y a la vez, entendí que yo mismo había provocado esa reacción en mi madre y en mis hermanos. No había podido callar, ni esconder mi malestar. Estúpido que soy, débil que fui. Ya era muy tarde, el boleto estaba comprado, la fecha del vuelo era en dos días y sabrá Dios cómo se endeudaron mis familiares para pagar ese boleto. Debía usarlo, debía salir de esa casa, de ese estado, de ese país.

Ahora el dilema era ¿Cómo diablos me iba a ir al aeropuerto? La miseria que gané en el restaurante se había ido en artículos de higiene personal, una que otra comida con Jesús y otra parte que le di a ese viejo verde en agradecimiento.

Perdí toda la vergüenza y la dignidad al pedirle a ese viejo que me fuera a dejar al aeropuerto. Se mostraron consternados, aunque pude leer claramente una leve sonrisa en ese rostro arrugado. Me preguntaron la causa de mi deserción y como pude les expliqué de mi estado. No podían retenerme, pero si podían negarse a transportarme al aeropuerto. Sin embargo, no lo hicieron. Al día siguiente cargué con mis maletas en un viaje de una hora incómodamente silenciosa como copiloto del viejo, camino al aeropuerto.  En el camino, el viejo aprovechó a decirme que el estar en Estados Unidos no era para todos, como tampoco era para un cualquiera ser mesero. Pude saborear el amargo veneno en su mensaje subliminal. Yo era un inútil y un cualquiera.

En el aeropuerto, nos despedimos con un abrazo que apestaba a hipocresía.  Me dirigí a la puerta correspondiente y esperé la hora de abordar el avión. El vuelo de regreso fue sumamente tedioso. De Oklahoma haría escala de Houston, luego en el Salvador y luego concluiría en Guatemala. Abordé el avión, consideré utilizar la mascarilla de oxígeno en caso de emergencia, la ansiedad me estaba asfixiando.

Aterricé en Houston, la escala era de tres horas. Caminé por el aeropuerto como si este se tratara de un zoológico. No era tan mala la comparación, habían demasiados seres humanos tan incomprensibles a la mirada, tan excéntricos, tan ridículos, tan patéticos, tan animales. Finalmente me aburrí de caminar y me dirigí  a la puerta en donde abordaría el avión a El Salvador, dos horas después.  Mientras esperaba escribí el correo electrónico a mi padre, esperé su respuesta.

El nudo en la garganta me estaba ahorcando, las lágrimas no se animaban a salir. Entonces la vi, detrás de una vieja colocha, iba caminando semejante mujer. Piel blanca, cabello largo, liso y negro. Despampanante la mujer, a distancia se notaba que dedicaba varias horas al gimnasio, es mas, llevaba puestos tenis y esos famosos yoga pants que marcaban perfectamente su figura. En ese momento logré dejar de pensar en ese malestar y empecé a soñar con ella o alguien como ella a mi lado, en lugar de la maldita soledad. La perdí de vista.

La sala de espera se atiborró de gente, pude observar lo que sería la mujer más horrible que he visto en mi vida. Iba de la mano con su pareja, otra mujer, la cual iba acarreando a tres hijos. Esta mujer no solo era horrible físicamente, sino que por la forma en que trataba a los hijos de su pareja, sin duda, su interior era aún más horrible.

A mi lado se sentó la vieja colocha, la cual me preguntó si yo hablaba español –“si, hablo español” le respondí, entonces platicamos superficialidades y cosas de aeropuertos. Justo cuando ella comenzaba a platicarme acerca de su familia en El Salvador, hicieron el llamado para abordar el avión. –“Al fin!” exclamó la vieja, yo la secundé. Ella pertenecía a uno de los primeros grupos en abordar, yo al último, así que nos separamos.

Me sumergí nuevamente en mi angustia, las oleadas de desesperación se tornaron constantes y violentas mientras me consumía la ansiedad para subir al avión. Sin embargo, a la vez pensaba en regresar. Era una turbulenta confusión. Finalmente el guardia encargado de la puerta de abordaje, hizo señas para que avanzara a entregarle mi pasaporte y ticket, revisar que todo estuviera bien y así abordar finalmente el avión. Cometí la torpeza de pensar que era a mi a quien llamaba, sin embargo, justo a la par de mi había una señorita a la cual le correspondía el turno. Al menos eso creí o quizá fue ella quien se confundió. El asunto es que ambos avanzamos al mismo tiempo, hacia el guardia y para cuando nos dimos cuenta de nuestra torpeza, el guardia preguntó: -“¿Vienen juntos?” a lo que rápidamente respondí que no. Ella solo se rio, al escuchar el sonido de su risa, me digné a voltear a ver de quien se trataba. Era ella, la chica que vi anteriormente caminando con la señora colocha.

Le cedí el paso, diciéndole al guardia que yo había cometido el error. El guardia revisó los papeles de la señorita, la dejó pasar hacía el puente de abordaje y luego procedió a revisar los míos. Con todo en orden, me dejó pasar al puente de abordaje. A medio camino se encontraba ella, la despampanante señorita, al parecer estaba buscando algo en su bolsa de mano. Yo me vi tentado a detenerme y saludarla, pero siempre he sido un cobarde para esas cosas. Pasé a su lado y de repente, escucho su voz –“¡Hola!”, me volteé de golpe y con una expresión de sorpresa. ¿Cómo era posible que ella me hubiera saludado? Ella tenía una expresión muy dulce y risueña. Antes que pudiera balbucear una palabra, ella agregó –“¿cómo estás?” a lo que respondí bien. Una erupción de mariposas estaba por salir de mi boca, mientras la veía el tiempo parecía tan lento. Noté que ella no tenía prisa alguna en abordar el avión, por lo que me quedé de píe, frente a ella, platicando.

Me preguntó de dónde venía, respondí que venía de Oklahoma, que había hecho escala ahí en Houston y que me dirigía al Salvador. “Yo también soy de El Salvador” –“Oh, no, yo no soy de El Salvador, voy a Guatemala, pero debo hacer escala en El Salvador”. Noté como su rostro pintaba cierta decepción –“que lástima” dijo en seco. La afluencia de personas a las cuales les interrumpíamos en el puente de abordaje, incrementó, de tal forma que era obvio que ya era hora de retirarnos a nuestros asientos. Yo fui el que le dije que lo mejor era que ingresáramos al avión. Ella lo consintió. Mientras avanzábamos lentamente hacia el interior del avión, ella me contaba de su vida en Los Ángeles California. “Maldita sea mi vida pensé”, yo nací en Los Ángeles, viví en Oklahoma y Guatemala y nunca en mi vida había conocido mujer que, sin ser más que una completa, eso sí, despampanante desconocida, me había hecho sentir tan bien, tan vivo y a la vez, tan miserable por no poder tenerla.

Mientras  ingresábamos al avión, literalmente cruzaba mis dedos y le rogaba a todas las deidades que me hubiese tocado sentarme a su lado, había mucho por platicar y un beso que robar. Lamentablemente, hacía ya mucho tiempo que el dios cristiano no me escuchaba, quizá estaba aún más decepcionado de mí que lo que estaba mi padre. Quizá estaba arrepentido de haberme creado, como mi padre de haberme adoptado y dado su apellido. Lo cierto es que los dioses paganos, tampoco me escuchaban y si lo hacían se burlaban de mi por ilusamente acudir a ellos. Yo debía sentarme en el 22A, mientras que ella, no sé ni cual tenía, sólo sé que debía seguir adentrándose en el avión. –“Bueno, aquí nos despedimos, ha sido un gusto” –“El gusto ha sido mío” le respondí. –“Que lástima que no vivas en El Salvador, me hubieras visitado” –“Si, es una lástima, pero quizá nos volvamos a ver”. Ella se sonrió, me dio un cálido beso en la mejilla y se perdió entre la cola de personas que se ubicarían en el fondo del avión.

Tomé asiento en el 22A, justo en la ventanilla. A mi lado se sentó una joven con rasgos asiáticos y a la par de ella, una señora de raza negra. Volteé a ver en repetidas ocasiones para poder ubicar a la señorita que me había hecho sentir mariposas en el estómago, lamentablemente, no pude ubicarla.

Finalmente y posteriormente a los protocolos, el avión despegó. La joven de rasgos asiáticos encendió su teléfono celular y se pasó todo el viaje jugando videojuegos en el mismo. Yo me entretuve un poco observándola. Pude notar como toda mi angustia se había quedado, de momento, en el aeropuerto de Houston, mis pensamientos habían sido invadidos violentamente por la imagen y la voz de esa bella mujer.

No pude dormir durante el vuelo, por otro lado, me la pasé suspirando por ella, mientras perdía la mirada con las nubes que veía por la ventana del avión.  Finalmente aterrizamos en El Salvador, yo tenía tan sólo cuarenta y cinco minutos de escala, estaba muy nervioso. Nunca había estado en El Salvador y mucho menos en su aeropuerto. No sabía si me daría tiempo de abordar el siguiente avión a Guatemala. Me bajé del avión y esperé por varios minutos a que bajara aquella preciosa mujer. No pude verla, quizá se había mezclado entre el resto de la gente que salieron del avión a toda prisa. Quizá sólo la imaginé o la soñé. Me retiré a buscar la puerta para el siguiente avión.

Para mi sorpresa el aeropuerto de El Salvador, era sumamente pequeño, parecía un pequeño centro comercial. Me senté en la sala de espera correspondiente. Después de unos minutos ahí sentado, tomé la decisión de ir a buscar a la chica. El aeropuerto era sumamente pequeño, por ende, había una gran posibilidad de encontrarla. Di por lo menos tres vueltas al pequeño aeropuerto y nunca la encontré. Quizá la imaginé, quizá la soñé, pensé nuevamente. Regresé a la sala de espera, el vuelo se había retrasado y fue ahí en donde “me cayó el veinte” Nunca le pregunté el nombre a la bella mujer.

Abordé el pequeño avión a Guatemala y en mi menté me despedí de aquella mujer. Ella nunca lo sabrá, pero durante ese viaje, ella con tan pocas palabras, con un saludo y con un cálido beso en la mejilla, me había sacado de un terrible infierno en el que mi alma se retorcía. Tanto alivio me trajo y tanto fue lo que me hizo sentir, que no pasa día sin que piense en esa desconocida.

Regresé a casa, mi familia me recibió cual hijo pródigo o quizá como paciente convaleciente de un hospital. Revisé mi correo electrónico y encontré la respuesta de mi padre:

Querido y Amado Hijo; no sabes cuanta razón tienes en tus palabras al decir que me duelen. Me duele mucho por no saber cómo ayudarte.
Aunque yo sé que dejaste de creer en Dios me recuerda a lo escrito en la Biblia cuando Dios mando a su hijo a vivir entre nosotros entre tantos pecadores y saber que estaba destinado por su amor a Morir en la cruz, el saber todo lo que iba a sufrir por nuestra culpa y sin razón. Le pide a su padre que retire ese cáliz  y esa cruz porque en su debilidad no lo iba a soportar, pero aun así le dice a su Padre que se haga tu Voluntad, aceptando lo que Dios le había destinado.
Así es hijo, Dios te trajo aquí por una razón y yo no sé cuál es? Te puso en mis manos y me encargo que te cuidara, protegiera, educara para la vida y en la fe.
En la vida se sufre mucho pero este sufrimiento tiene que ser para superarte, para levantarte y no para claudicar. Mucho menos el querer quitarse la vida, pues eso es cobardía y seria mucho egoísmo para los que te amamos.
No creas que mi vida ha sido fácil desde niño vengo padeciendo y sufriendo muchas cosas que tal vez nunca te he contado, mis padres no fueron amorosos, ni perfectos nos descuidaban mucho, tanto que fui abusado nunca lo supieron hasta la fecha son contados los que lo saben. Gracias a Dios y su inmensa misericordia he podido sobrepasar muchos obstáculos en mi vida, este que te cuento y muchos otros tantos que han marcado mi vida. Pero también gracias a Dios he aprendido a perdonar de corazón, no de palabra y eso me ha hecho libre todos esos problemas me han fortalecido y tengo mucho que agradecer a Dios cada segundo, minuto, hora, día, mes, y años de mi vida, ha sido más lo bueno que lo Malo. He aprendido que en el prójimo o próximo como quieran verlo, ahí esta Dios. En la Madre, en el Padre en los hermanos, familiares pero sobre todo en la gente que te rodea interesadamente y se preocupa por ti.
Yo le agradezco todos los días por haberme dado la oportunidad de ser tu padre, de conocerte y poder compartir mi vida con la tuya. El me decía que tenía que amarte como fueras tu, enseñarte  lo bueno y lo malo para que un día pudieras volar solo, seguro de ti mismo y Volar alto, que no haya en tu pasado nada que te quite la paz,  que si algo ocurrió en tu pasado, que yo no sepa lo sabe el padre celestial y quiere que tu dejes los rencores los dolores  perdonando de corazón, el ya los perdono y a ti también. Tienes que encontrar a Dios en el verdadero Amor, pero primero tienes que Amarte tu, si tu no te amas, si no amas tu cuerpo, si tu no te aceptas como eres, no puedes intentar a alguien y todo te parecerá amargado, sin valor. Tienes que saber te lo he dicho tantas veces eres hijo de Dios y eres una persona única y especial, tienes que valorarte, luchar por tu vida, luchar por encontrar esa paz y luego todo vendrá por añadidura.
Ten paciencia Dios ya vio que te arrodillaste, ha escuchado tus oraciones, tus suplicas, tus dolencias, tus enfermedades solo te pide que tengas paciencia porque así como Job, el te va a recompensar y te dará lo que nunca te has imaginado. También el padre Celestial quiere que ya no le pidas tanto si no que sea humilde de corazón y en silencio le escuches, porque el te habla todos los días pero tu no le quieres escuchar. El está contigo en todo momento y sufre por ti como lo hacemos todos los que te amamos de verdad.
Hay algo dentro de ti que no te deja encontrar la felicidad, tienes que sacarlo tu no eres culpable de nada, perdónate a Ti mismo.. Busca a Dios todos los días de tu vida y encomiéndale tus pensamientos, dale gracias por lo bueno, por lo malo, por lo que te gusta, por lo que odias, desprecias que el te hará liviana la carga.
Si tienes oportunidad háblale a alguien y ve a confesarte, déjate llevar por el espíritu santo y el te librara de toda cadena que te ate desde antes de tu nacimiento pero también no olvides que los médicos son necesarios para tener una buena salud.
Te cuento que yo te pedí que te fueras para Oklahoma para que cambiaras de vida, que iniciaras una nueva vida. Lejos de recuerdos, de padre, de madre que te volvieras un poco egoísta para con tu persona  y que pudieras crecer en espíritu, cuerpo pero sobretodo encontrar la paz. yo siempre te he dicho que para ayudar a las personas tanto económica, física, como mentalmente uno tiene que sanar primero. si no estás bien económicamente, no podes ayudar a nadie, si no están sano no puedes ayudar a nadie a ser sano.
Quería alejarte de tu madre, pues es muy posesiva y no teja ser como tu eres, no te acepta como eres. A veces no te deja ni respirar, A veces te humilla  y te hace sentirte bien. Cuando yo viví con ella me menos preciaba me hacia sentir inútil, tonto, si porvenir, no valía nada, siempre había alguien mejor. Yo te recomendaría evitar el hablar mucho con ella y que ella te pase sus preocupaciones, frustraciones.
Hijo quiero que sepas que si salen nuestros papeles para irnos a vivir a Oklahoma vamos a vender todo aquí y tendríamos que empezar de nuevo haya, no sé qué voy ha hacer haya, pero sé que Dios quiere que me vaya y me va ayudar a salir a mi a salir adelante. Empezar  igual que tu, una nueva vida.
Ponte analizar día a día desde que llegaste haya, que encontraste, como te recibieron, cada cosa buena y mala que te haya sucedido y te vas a dar cuenta que suman más las buenas, Dios está contigo en cada momento hasta el final de los tiempos. Ora mucho para fortalecerte, as el bien al que este cerca de ti y todo aquel que lo necesite.

No sé qué más decirte, solo lo que tu me pediste, en una ocasión. Querías oír que te dijera que te amaba.   TE AMO HIJO, siempre te voy a AMAR.
Cuídate mucho, no te des por vencido, lucha  por sanarte, lucha por Amar y por favor por Perdonar y Perdonarte.

TE AMO........
Nos comunicamos pronto, Todos los días oro por ti.


Nuevamente ese terrible nudo en la garganta me asfixiaba y las lágrimas no se animaban a salir. Ese “nos comunicamos pronto” no ha sucedido aún. Entendí que mi padre, más que nunca y pese a su emotivo correo, estaba decepcionado de mi, frustrado conmigo, infeliz.

Me tomó muchos días recuperarme, sentirme lo suficientemente estable como para buscar nuevamente un trabajo y ayudar en la casa. Finalmente lo logré, con altos y bajos, más bajos que altos, pero en pie…aún.











Para Steph

Debo advertir que este escrito esta fuera de lugar. Sin embargo, llevo mucho tiempo con la espina de contarte estas cosas y dadas nuestras circunstancias, es posible que nunca pueda decírtelas en persona y mucho menos como desearía decírtelas.

Me había ido de mi casa, ya no toleraba estar en la misma. Nunca nos habíamos llevado del todo bien con mi madre, quizá, hasta la fecha, nunca he podido perdonarla por lo que le hizo a mi padre, por cómo nos trató a nosotros de niños. Añoraba vivir con mi padre desde que se fue de la casa y pese a que lo había intentado varias veces, siempre obtenía una negativa, hasta ese día en el que tuve una fuerte discusión con mi madre y finalmente hice mis maletas y mi padre llegó por mi.

Llegué a su casa y el me esperaba con una preciosa habitación, bastante grande para lo que estaba acostumbrado en mi pequeña casa, asimismo un televisor y un closet propio. Inmediatamente me sentí bienvenido. Mi padre siempre ha sido muy noble, muy generoso, muy amable.

Pasó el tiempo y me ocupé en varios vicios como jugar cartas y videojuegos. Asimismo me inscribí en el gimnasio que quedaba cerca. Mi papá había sido muy paciente conmigo y mi forma de vivir. Finalmente comenzó a insistirme que consiguiera un trabajo o que siguiera estudiando. Después de tanta insistencia, acepté su sugerencia de trabajar en cierta venta de ropa que estaba ubicada en el centro comercial en dónde Evelyn tenía su salón de belleza.

Bastó con una mirada y me había enamorado de cierta chica que trabajaba ahí. No me costó conseguir el trabajo. El gerente era un maricón y seguro le gusté, por lo que inmediatamente me dio el día en el que iniciaría a trabajar.

El primer día que hablamos sentía mariposas en el estómago, las mismas persistieron por mucho tiempo, murieron y revivieron varios años después.

Recuerdo que fueron exactamente diez días para que nos hiciéramos novios. Habíamos almorzado en un pésimo restaurante chino del segundo nivel del comercial. Nos habíamos quedado horas después del trabajo sólo platicando y recuerdo que me habías contado que tenías un novio al cual ni querías, pero era un amigo de la colonia con el que jugabas básquet ball.

Nuestro noviazgo fue hermoso, no recuerdo discusiones fuertes, ni nada por el estilo. Tu familia fue increíblemente amable, no tarde en abrazarlos como que fuera mi propia familia. En ese entonces extrañaba mucho a mis hermanos y en parte a mi madre, tu familia calmó muy bien ese malestar.

Pasó el tiempo y pesó terriblemente en mi corazón la situación en la que vivían. No tenían agua, ni luz y a veces ni qué comer. Recuerdo que entre tu y yo, les compramos víveres.  Sin embargo, no era suficiente, debía sacarte de ahí, debía sentirme tranquilo de que al menos tu tendrías agua caliente para bañarte, comida todos los días y demás cosas. Quería que estuvieras bien. Se me ocurrió que vinieras a vivir con nosotros. La casa tenía cuartos vacíos y ante Dios, que pese a me moría de ganas de dormir contigo, el plan original era que habitaras una de esas habitaciones.

Obviamente a mi padre le pareció una idea descabellada, sin embargo y para mi sorpresa dio el permiso, con una condición: Tenía que esperar a que cumplieras los dieciocho años de edad.
Esperé con mucha impaciencia y finalmente un día después que los cumplieras y con el permiso de tu adorada madre, fui a tu casa a “robarte”. Maletas en mano, tomamos un taxi a mi casa, la cual no estaba muy lejos.

Mi padre nos esperaba en casa y junto con Evelyn nos tenían preparada una cena. Las sorpresas no dejaban de caer, mi padre nos tenía un anillo de compromiso y básicamente nos comprometimos con anillo en mano frente a él. ¿En qué cuarto se quedará Stephanie? – Le pregunté. A lo que respondió: “Se quedará en el tuyo, ustedes ya son una pareja” No quise reprocharle, vi cierto susto en tu rostro, pero yo moría de ganas por dormir contigo. Tu me pediste de favor que no le dijera nada a nadie, no querías que se enterará tu madre. Accedí y lo ocultamos por un buen tiempo, hasta que tu consideraste que ya no había nada que ocultar.

Las primeras noches me dieron pesar e incluso pensar en que había sido una mala idea. Te escuché varias veces llorar mientras dormías o quizá te hacías  la dormida, pero llorabas, amargamente. Era obvio, extrañabas a tu familia, te dolía en gran manera la indiferencia de tu padre y quizá nos estabas del todo contenta con haberte ido a vivir conmigo.

Recuerdo que ardías en fiebre una noche, yo salí como loco a buscar una farmacia abierta a las 3:00 am, no quería molestar a mi papá, sin embargo, no encontré tal farmacia y mi padre se había despertado al escuchar que entré. Me dio unas medicinas para ti.

Sin duda, mi vida estaba cambiando drásticamente, me sentía responsable de ti.
Me fascinaba que llegaras a visitarme. Para este entonces tu ya habías concluido tus clases en la academia. Recuerdo que mientras estudiabas ahí, yo trabajaba en la Avenida Helena, en una venta de electro repuestos y accesorios, durante mi hora de almuerzo corría para verte si quiera unos minutos en la plaza vivar. Apenas me daba tiempo de saludarte y luego debía correr para estar a tiempo de vuelta en el trabajo.

Tuve que aprender a ver novelas, te fascinaban. Vimos juntos Betty la fea, Pedro el escamoso y Pasión de Gavilanes. Tu aprendiste a verme jugar y a veces jugar conmigo Mario Karth. Hacíamos el amor como locos. A veces los fines de semana, tu te desesperabas porque querías salir. Yo estaba muy cansado, pasaba toda la semana en la calle, sólo quería quedarme tranquilo en casa. Engordamos juntos.
Con el tiempo empezamos a tener pequeñas discusiones. Yo me volví muy celoso, pues recuerdo que te sorprendí hablando en más de una ocasión con un chavo que trabajaba en una oficina de bienes raíces  del mismo comercial en donde trabajabas con Evelyn. Asimismo un día llegaste con un gran ramo de rosas blancas, dijiste que eran para mi. Honestamente, no pude creerte, imaginé que el te las había regalado y que tu no tenías el corazón para tirarlas, por lo que las llevaste y dijiste que tu las habías comprado para mi.

En cada discusión, tu habías tomado el hábito de decirme: “Pues entonces me regreso a mi casa, ahí aunque sea con tortilla tiesa estoy bien” y agarrabas una maleta y empezabas a empacar. No sabías cuánto me dolía, como tampoco sabes cuántas veces lo hiciste, pero yo siempre paraba pidiéndote que te quedaras. Tu eras mi vida.

Nunca entendí por qué te peleabas tanto con las señoras que llegaban a hacer la limpieza a la casa. Al final y después de tantos planes de mudarnos a una casa mucho mejor en Z.11 con mi papá, este optó por decirme que debíamos buscar otro lado, que ya no podíamos seguir con ellos. Sin duda a mi papá le dolió mucho, como mucho me dolió a mi. Con lo que tu ganabas en el salón y con lo que  yo ganaba en el kiosco, no nos alcanzaba para pagar una renta, más recibos y demás. Tu te molestaste y nuevamente tuve que rogarte para que dejaras de empacar.

Recuerdo que me dirigía a la universidad, de madrugada como cada día y caminando junto a la cervecería nacional, de repente algo se quebró dentro de mi, un dolor intenso penetraba mi pecho y estallé a llorar, como nunca había llorado. Fue como si se me hubiera muerto alguien muy querido. No podía dejar de llorar y empecé a sentir un terrible dolor en la cara, sentía como mi cara se iba entumeciendo. Me regresé a casa y lo único que se me ocurrió hacer fue llamar a mi madre para pedirle posada temporal. Al parecer faltaban pocos días para la mudanza de mi papá o al menos eso tenía entendido. No teníamos a dónde ir y yo no quería perderte.

Mi madre me recibió en casa contigo cual hijo pródigo, nos dio su propia cama, ya que era la única matrimonial en casa y mi hermano nos cedió su habitación. Obviamente tu no estabas nada contenta. Habías renunciado al salón, entiendo que te trataban mal y te ponían a hacer sólo lo que no les gustaba como los pedicures.

Mientras yo me iba a trabajar cada día, tu te quedabas en casa. Imagino te sentías muy incómoda y quizá prisionera. Intentamos ir a la iglesia, créeme, ante Dios, yo quería hacerlo todo bien.

Un día me llamaste mientras estaba en el trabajo, tu estabas muy molesta y me dijiste que te urgía hablar conmigo. Esa noche cuando llegué a casa, tu no me dejaste ni siquiera saludar a mi madre y hermanos, me tomaste de la mano y me llevaste a la habitación para hablar.

La conversación fue unilateral, me dijiste: No sé qué vas a hacer pero quiero que nos vayamos de aquí en una semana, quiero que nos casemos aunque sea por lo civil y quiero que me des un hijo. Ante tus demandas, respondí muy frio “No”. Era obvio, ahora solo trabajaba yo, ganaba un promedio de Q.1300, si es que mi jefe me pagaba, ya que el infeliz a veces se bebía todo la ganancia y me tocaba que revender cosas para sacar mi mal salario, No podíamos rentar en otro lado y mucho menos traer una criatura a este mundo sin tener cómo darle de comer o cómo comprarle si quiera los pañales.
Ante mi negativa, tu nuevamente y muy decidida tomaste tus maletas y empezaste a empacar diciendo “pues me voy a mi casa, allá estaré mejor” esta vez no te detuve. Cuando ya llevabas media maleta hecha me preguntaste “¿y no me vas a decir nada?” a lo que respondí “No”

Me salí de la habitación y comencé a caminar cual león enjaulado en mi casa. Tu no parabas de llorar. Mi madre salió a preguntarme qué pasaba y ofrecerme hablar contigo, le pedí que no lo hiciera. Yo estaba muy intranquilo y me fui a sentar a la sala y me di cuenta que mi madre no me hizo caso y se encerró en la habitación contigo. Me fui a escuchar poniendo mi oreja en la puerta. Tu decías que mi madre te trataba mal y yo quería corroborarlo.

“¿Stephanie, por qué estás llorando?” –Te preguntó ella “y cómo quiere que esté doña Anabella, si su hijo me está echando”- Le respondiste tu. “Mi hijo no te está echando, tu te quisiste ir, dime ¿por qué te fuiste a vivir con Jonathan?”-Te hizo otra pregunta mi mamá. “Porque el me daba donde vivir”- Le respondiste tu. Claramente escuché cuando ella te preguntaba “no fue porque lo amabas” y claramente escuché “ay doña Anabella, usted sabe que no se puede amar a un hombre así”… me retiré de la puerta, ya había escuchado suficiente. Mi madre salió de la habitación y le pedí favor que me prestara el carro para el día siguiente irte a dejar. Yo estaba hecho pedazos, mi madre se ofreció a manejar.

El camino a tu casa fue agonizante, tu ibas en la parte de atrás del carro, no parabas de llorar y me pedías perdón, sin embargo, era muy tarde ya, después de tantas veces que me habías dicho que te irías, esta era la definitiva. Llegamos a tu casa, tus hermanos y tu madre salieron a recibirnos con tanta alegría. Ellos no se imaginaban el por qué estábamos ahí, hasta que te vieron sacar la maleta del carro con tu cara hinchada de tanto llorar. “¿Qué pasó Johnny?” –Me preguntó tu mamá con suma tristeza. “Perdóneme, le traigo a su hija, ya no podemos seguir viviendo juntos” –le respondí. Tu mamá, tan dulce, no me preguntó nada, sólo me agarró las manos y me dijo “Gracias Johnny, yo sé que usted la cuidó bien y si es de Dios, ustedes dos van a regresar algún día”. Te di un par de besos y me fui a casa.

Intenté rehacer mi vida, cambié de trabajo, me salí de la universidad. Después de todo mi papá la pagaba. Tu no parabas de llamarme, yo no sabía qué hacer, te extrañaba tanto, te amaba tanto, pero te había escuchado decir que tu no me amabas. Me sentía hastiado, enfermo, asqueado de todo, sólo quería pegarme un tiro. Cuando dejé de contestar tus llamadas tu acudiste a mi papá. El me llamó un día y me dijo “te espero en la clínica, tengo que hablar contigo”. No tarde y fui a la clínica a hablar con el. Mi papá me dijo “Sos una mierda, sólo te aprovechaste de la muchachita y la dejaste tirada. La misma mierda que tu mamá hizo conmigo, se la hiciste vos a ella. Bien dice que se trae en la sangre, sos una mierda”

Nunca en mi vida mi papá me había hablado de esa manera, mucho menos insultado. Obvio, entendí que el se sintió identificado por lo que le hizo mi madre. Sin embargo, era un caso muy distinto, yo a ti, nunca te fui infiel, nunca te dejé de amar. No quise responderle nada a mi papá, me fui de la clínica sin mediar palabra y pasó casi un año antes de que volviéramos a hablar.

Tu te apareciste una noche en mi casa, me esperabas afuera cuando regresé del trabajo. Christian manejaba el carro que te trajo. Es curioso, desde ahí, yo sabía que terminarías con el.
Llevabas una bolsa enorme llena de tarjetas y regalos y la propuesta de que entrara a hacer maletas y me fuera a vivir contigo. Yo no podía manejar eso, estaba ahogado en depresión, había perdido mucho peso, estaba muy molesto, muy dolido. Sin duda, tu mucho más.

Te pedí que te fueras y que le dieras gracias a tu amigo. Me dijiste que te irías si te decía que no te amaba. Te dije “no te amo” mentí tanto. Pero en mi mente aún estaban tus palabras que no me amabas y estaba que yo, sin duda, era una mierda. Te fuiste.

Al día siguiente, me llamaste como que si nada hubiera pasado. Colgué y me deshice de mi teléfono. Yo ya no quería nada, solo me quería morir.

Tiempo después asistí a varios psicólogos, tratando de encontrar una cura, algo que me hiciera sentirme vivo y me quitara esos deseos de matarme. Intenté matarme tomando una sobredosis de pastillas y alcohol. No funcionó, sólo me intoxiqué.

Sin mi permiso, una psicóloga llamó a mi papá. Ella consideraba que yo debía de hablar con el y arreglar las cosas. El me llamó…después de un año, para decirme que quería hablar conmigo. Fui a su casa y me pidió perdón.

Renuncie al trabajo con la idea de irme a los Estados Unidos, el plan fracasó por falta de recursos. Me inscribí nuevamente en la universidad, sin embargo, había estado colaborando en unos campamentos cristianos para una organización de argentinos. Ellos estaban tratando de ayudarme. Fui traductor de unos gringos y estos pagaron mi beca para irme a estudiar a un instituto bíblico en Argentina. Yo no quería ir.

Mi papá estaba muy asustado, debían de hacerle una operación muy complicada en la columna. El decía que ya no iba a caminar o que no saldría vivo de la operación. Me volví su brazo derecho, le ayudé en todo lo que pude. Finalmente llegó el día de la operación. Todos estábamos muy asustados. Recuerdo que por primera vez en mucho tiempo oré y le supliqué a Dios que todo saliera bien de la operación. Le prometí a Dios que si mi papá salía con bien, yo le dedicaría lo que me quedaba de vida.

Mi papá salió muy bien. Dos momentos han impactado mucho mi vida 1. La primera vez que mi a mi papá llorar, 2. Cuando tuve que ayudar a las enfermeras a cargar a mi papá para moverlo de una camilla a otra.

Los Argentinos me insistieron en que me fuera a estudiar a Argentina, les dije que no, pero recordé mi promesa a Dios, por lo que decidí irme. Mi papá no le pareció para nada la idea. El quería que yo fuera abogado, arquitecto, ingeniero, lo que sea! menos pastor, monje, padre o lo que fuera que fuera a hacer en Argentina. “Se lo prometí a Dios papá”- Le dije y me fui.

No pude dejar de pensar en ti, pero estaba haciendo una vida nueva. Hubieron complicaciones en Argentina, la salud de mi madre se deterioró y al finalizar el año escolar y terminar mi diplomado, regresé a Guatemala. Esto provocó una serie de problemas con los argentinos en Guatemala. Asimismo una señora bien “santa” de la iglesia, se las arregló para boicotear el viaje de su hija al mismo instituto en Argentina, levantando una serie de calumnias mías. Los argentinos ni siquiera me dieron el beneficio de la duda y me armaron semejante escándalo, por lo que rompí mis relaciones con ellos y me quedé en Guatemala.

La iglesia a la que asistía me ofreció media beca para seguir estudiando teología aquí en Guatemala. Lo acepté, comencé mi licenciatura en teología.

Al finalizar mi primer año de teología, en vísperas navideñas, fui al cine con unos amigos. Era la última función de la noche y al salir esperábamos a que un amigo saliera del baño cuando…te vi. El tiempo se detuvo, sentí como me despedazaba por dentro, sentí las mariposas en mi estómago más fuertes que nunca. Tu ibas de la mano con un tipo alto. Quería llamarte a gritos, pero me contuve, me fui a casa con cierto desamparo que me persiguió los días posteriores.

Noche de año nuevo, cenábamos en la casa de mi papá con mi hermano. Mi papá recibió una llamada, yo sabía que eras tu. Mi papá hizo una pausa y dijo “si aquí está, voy a ver si quiere hablarte” me vio con incertidumbre y me preguntó, si quería hablarte. Faltó poco para que le arrebatara el teléfono, lo único que quería era escuchar tu voz, más que eso, lo único que quería era verte.  La charla fue muy amena y quedamos en vernos en el comercial Los Próceres el Lunes siguiente.
Llegué con quince minutos de anticipación y tu llegaste quince minutos después de la hora. Te vi desde lejos y moría por recibirte con un gran abrazo y besarte hasta olvidarme de todos esos años sin ti.

Charlamos durante horas, te pedí perdón por el daño causado, mas nunca mencioné todo lo anterior. Al final de la “cita” nos estábamos besando, como que si nada hubiera pasado, como si fuéramos novios, como cuando creí que nos amábamos.

Tu habías cambiado en varias cosas, ahora fumabas y tomabas, cuando lo reproché, me culpaste con bastante amargura “si tu no me hubieras dejado, yo no estuviera haciendo esto”-me decías. Yo callé.
Salimos otras veces, aunque me sentí usado, pues apenas daba tiempo de hacer algo entre los dos. Cada salida era para ir a hacer tus pagos y demás mandados, no me molestaba ser de ayuda, pero lamentaba no poder hacer algo en sí contigo. Noté que hablabas a escondidas por el celular y otras veces cuando no podías esconderte, hablabas con cierto tipo, el cual te preocupaba si comía o no y nunca le mencionabas que estabas conmigo.

Era obvio, querías vengarte, estabas con otro. Encima, tu sueño era trabajar como edecán. Yo siempre consideré que pese a que tienes toda la belleza para ser una edecán, podías tener un trabajo digno. A partir de ahí, detesté a las edecanes. Yo todavía te amaba, con todo y no podía concebir que la mujer que yo amaba,  anduviera modelando en traje de baño y que otros hombres la estuvieran deseando. Discutimos fuerte al respecto, era obvio que me tenías rencor.
Pasaba el día pensando en ti, estábamos en mundos muy diferentes ahora. Yo aparentemente preparándome para ser “misionero” o “pastor” y tu sólo querías ser edecán, además de que yo estaba seguro que estabas con alguien más. La idea de infidelidad siempre me ha causado repugnancia. Con todo el dolor de mi corazón, tuve que terminar lo que apenas iniciábamos nuevamente contigo.
“Se abrió la reposadera”  me dijiste que era una mierda, un hijo de puta, un cerote, solo “chulo” faltó que me dijeras. También me dijiste que iba llegar el día en que iba llegar arrastrándome a besarte los pies y que tu me ibas a patear el hocico. En fin, después de tanto insulto, concluyó la llamada y mis sueños de regresar contigo.

Pasaron días en donde no podía comer más que un trozo de pan y un vaso de agua pura. La tristeza al parecer me estaba matando. Pesaba 185lbs y llegué a pesar 129lbs.

Me costó mucho recuperarme. Me hice de una novia “Rebeca”, ella me ayudo a no pensarte un buen tiempo, aunque fue un noviazgo a lo Romeo y Julieta. Los argentinos dieron el chisme al hermano de ella que yo había vivido con alguien. Yo no le ocultaba nada a ella, ella sabía todo y no le importaba. Sin embargo, a sus hermanos y padres si les importó mucho. No podían concebir que su “santa” hija estuviera con alguien “sucio e impuro” (como me dijo su mamá)

Estuvimos juntos tres años y ocho meses, sus padres nunca nos dieron permiso ni aprobación, por lo que nuestro noviazgo fue a escondidas de todos.  Fui líder de jóvenes y profesor de teología. Al final, pesó mucho la situación a escondidas, yo enfermé y cuando más la necesitaba, ella me dejó.

Me gradué en el 2012 y tu me contactaste por Facebook, fueron charlas amenas, pero desapareciste. Tuviste a tu hijo, lo cual me alegró, mas debo admitir que no me alegró que fuera de el…

En fin Steph, debo confesar que a todo mundo le he dicho que mi vida se divide en “antes de Stephanie y después de Stephanie” nunca me sentí tan vivo como cuando estuve contigo y cuando volví a salir contigo. Sin duda, has pasado muchos infiernos, lamenté no poder estar cuando sucedió lo de tu hermana. Mi papá me dijo que no era prudente. También me dijo como una semana después que terminamos cuando nos reencontramos, que tu llegaste a presentarle a tu futuro esposo, que tu le habías dicho que el si era hombre y no como yo, que él te había dado un carro y que yo no valía la pena. No sé si esto fue cierto o sólo me lo dijo mi papá por ardor o para que despertara, lo cierto es que mi papá nunca me ha entendido, mucho menos conocido. Lo amo con todo mi ser, pero después de tanta cosa, hoy en día ya no hablamos para nada.

Me alegró nuevamente conversar contigo. El motivo de este largo escrito no es un “regresemos” ni nada por el estilo. Solo es algo que desde hace mucho tiempo quería decirte.
Agradezco lo hayas leído y entenderé si después de leerlo ya no volvemos a hablar. Saludos a tu familia, en especial a tu madre, la cual recuerdo con sumo aprecio.















Desde la jaula

Quizá nunca has experimentado esto. Esa sensación de un vacío, el cual no se llena con nada. Nunca has sentido como que nada tiene sabor o nada te satisface. No sé cómo llegué a este punto, una y otra vez y más veces de las que puedo recordar. He intentado de todo para sentirme vivo, sentirme lleno, satisfecho, sentir el sabor de las cosas y sólo he tenido momentos  y sensaciones muy efímeras.

A menudo me examino y pienso qué tan mal hombre o ser humano soy como para sentirme así, no logro encontrar respuesta. Me esmero por ayudar a los que me rodean, por hacerlos reír en medio de sus penas, por estar ahí para ellos o ellas. Es un estúpido complejo de superhéroe que tengo. Suele ser muy desgastante, en especial cuando te das cuenta de lo inútil que realmente es todo esto. No entiendo la satisfacción que radica en estudiar, trabajar, procrear, ejercitarse para verse bien, vestirse bien.

Dios? No gracias, mi concepto de Dios es que, sin duda, existe y va mucho más allá de lo que podemos comprender o concebir y todo lo que representa no puede estar en una iglesia de x o y religión y mucho menos en un libro exageradamente editado, alterado y traducido. Dios no necesita de mis oraciones, de mis ofrendas, de mi alabanza con canciones románticas y mucho menos de mis balbuceos sin sentido. Dios está, creo todo lo que vemos y se le agradece por eso, es todo.

Medicamentos? He estado ahí, he probado muchos, para dormir, para levantar el ánimo, para la ansiedad. No funcionan, sólo crean hábito y al final tienen el mismo efecto de placebo que un chocolate, una cerveza fría o un buen whisky.

Compañía? Vaya si no la he añorado, sin embargo, aun teniéndola, me he sentido tan solo en multitudes, detrás de las carcajadas, en medio de los abrazos, en lo cálido de los besos.
Las amistades van y vienen, sin culpa alguna, siempre estamos en un constante flujo, nos movemos a diferentes circunstancias, diferentes escenarios. Me aburre y desespera pasar mucho tiempo en lo mismo, la vida se va con la ideología del tiempo.

Mujeres? Varias han venido o yo he ido a ellas, varias se han ido o yo me he retirado.  Siempre hay algún detalle por lo cual no podemos quedarnos juntos. Siempre será por dinero, por mentiras, por estúpidos familiares, por egoísmo, por parasitismo. Quizá deba aceptar finalmente la idea de que somos animales, nos dejamos llevar por el instinto, por la calentura.

Amor? Quizá después de la religión, esta sea la falacia más grande. No hay tal cosa como el amor, todo es un proceso químico, temporal, como todo en esta vida.  El amor durará lo que la dopamina durará arriba. Hay muchas cosas que se confunden con el amor, entre estas la codependencia. Dicha codependencia es comprensible cuando se entiende el temor a quedarse solo. Sin embargo, solos nacimos, solos moriremos y dentro de nosotros, debajo de la máscara que mostramos cada día, estamos solos.

La idea que un dios te quite ese sentimiento de soledad y te haga sentir lleno, completo, “amado”, valioso, no es más que autosugestión.

Quizá debería optar por matarme de una vez por todas, total, ya muerto nada importa. Sin embargo, me tragué la idea de la esperanza, de que algún día las cosas van a estar bien, algún día me sentiré bien y es por eso que sigo pedaleando cuesta arriba en un camino que no me gusta, que no me llena, que no me satisface.

A veces me siento sumergido en la repugnancia hacia todo lo que me rodea. Las personas, las tendencias, las circunstancias. A veces me asfixio con lo que tengo adentro. Estos estúpidos sentimientos. Quisiera vomitarlo todo!

Nada realmente importa, cuando piensas seguido en la muerte, pues no importa lo que hagamos, igual moriremos, entonces cuál es el miedo a morir? Quizá este temor nos fue inculcado con la idea del infierno, quizá es inherente con el temor a lo desconocido. De cualquier forma, con o sin temor, todos hemos de morir.

Malditos sean todos, maldito sea yo, todos somos seres autoindulgentes, siempre con finalidades ulteriores, siempre buscando sentirnos bien con nosotros mismos, sin importar, lo inocente de la obra.

Me encantaría ser una de esas basuras de gente egoístas, que sin importar qué, sólo velan por su nariz abiertamente. Tienen sexo sin sentido, traicionan, roban, matan. A la larga, al menos tienen y hacen lo que quieren. Yo no puedo, por mucho que me desagrade la gente, no puedo lastimarlos deliberadamente, no lo tolero, ni aunque merezcan ser lastimados, simplemente no puedo.


Estoy cansado, como si hubiera vivido cien años. Estoy harto de todo, de la gente, del clima, de la comida, de las noches, de los días, de este vacío.
Todo es tan irrelevante…nada tiene sentido…

De cuervos y maizales

De cuervos y maizales



Lúgubre y lluviosa tarde de Mayo.
-Saludos pico negro
-Tiempo de no verte ala purpura, cómo has estado?
-En lo que enmarca la superficial palabra “bien”, he estado “bien” y tu?
-Supongo que igual, comiendo semillas y viendo gente para entretenerme. En estos lugares, siempre hay mucha gente. Me entretiene ver sus expresiones, sus vestimentas y sus rituales.
-Es cierto, las personas son seres muy peculiares, sumamente complejos. Creo que aunque reencarnare millones de veces, nunca los entenderé.
-En efecto ala purpura, cada uno de esos seres es tan único, sin embargo, en este lugar todos terminan siendo iguales.
-En qué sentido “iguales”?
-Todos se visten como si fueran cuervos, todos derraman agua por sus ojos, gritan, se golpean el pecho, se muerden los labios de dolor y se despiden con suma desolación.
-Todo eso has observado en este grisáceo lugar?
-Si, quizá otras cosas más, pero las que te menciono son las más comunes.
-Bueno, qué esperas, esto es a lo que llaman un “Cementerio”. Aquí los seres humanos vienen a enterrar los restos de sus conocidos. Al parecer para los seres humanos, esto siempre será sumamente difícil. Pareciera ser que no están preparados para morir o para que se muera uno de sus conocidos.
-Bueno, pero qué diablos esperan esos sacos de carne, ala purpura, vivir para siempre?
-Es posible pico negro. La idea es sumamente atractiva. Aunque fatigante, dime tu, qué harías si vivieras para siempre?
-Comer todo lo que pueda, beber todo lo que pueda, tener todos los hijos que pueda, conocer todos los lugares que pueda y…lo ves!? todo es aburrido!
-hahaha, quizá aburrido no sea la palabra adecuada, sino fatigante. Yo veo a la muerte como un regalo de la naturaleza para que podamos descansar después de haber disfrutado la vida que se nos ha dado.
-Es acertado mi querido ala purpura, nosotros como cuervos que somos disfrutamos de la vida a lo grande. Hacemos todo lo que nos gusta y luego descansamos para no aburrirnos…al parecer.
-Si, al morir regresaremos a la naturaleza y le podremos devolver aunque sea un poco de lo que hemos tomado con nuestros cuerpos.
-De qué hablan ustedes dos?
-Saludos cuervo extraño, no te había visto por aquí. Primero dinos quién eres?
-Perdonen mis modales, estaba tratando de descifrar su conversación y me puse ansioso. Yo soy Carlos.
-Carlos, Qué carajos es un Carlos?
-Ala purpura, un Carlos es un humano macho.
-Pues yo veo frente a mi un cuervo, no un humano, estoy confundido.
-Lo entiendo, ala purpura, déjenme explicarles. Carlos es el nombre que me dio una dulce mujer humana a la cual solía visitar. Me agrado el nombre, pues en mis rondas por las casas de los pueblos y las ciudades, lo escuchaba por todos lados. “Debe ser muy importante” me dije y por eso me llamo Carlos.
- Ya veo Carlos, pues, mi amigo pico negro y yo estábamos conversando acerca de la vida y de la muerte y del propósito que tiene la muerte al hacernos descansar. Al menos ese es el resumen. El resto quizá sean solo palabras por hablar. Ya sabes como somos de ruidosos nosotros los cuervos.
-Entiendo. Es primera vez que estoy en uno de estos lugares y desconocía lo que hacían los humanos aquí. Nunca vi tal cosa de donde vengo.
-y de dónde vienes?
-de los maizales.
-ah! Los maizales, campos dorados, paraíso de los cuervos. Sabroso y suculento maíz todos los días!
-Si, qué rayos haces en este grisáceo lugar entonces? Nosotros ya nacimos y vivimos por aquí, pero si no quedara tan lejos seguro estaríamos por uno de esos campos dorados.
-Verán, como ustedes dicen, los campos dorados son sin duda un paraíso, pero…no sé como explicarlo, un día tuve una duda, la duda se convirtió en intriga, la intriga en obsesión y la obsesión eventualmente en esta “aventura” a estos grises lugares.
-y cuál era esa duda, pues, si se puede saber?
-Si, por qué se levantaban los humanos cada mañana para cuidar la tierra, sembrar el maíz, partirse la espalda trabajando, sudar, lastimarse y hasta llorar por todo aquello que nunca les iba a pertenecer. Déjenme extenderme, quizá así me entiendan un poco. Desde que aprendí a volar, cada día desafiaba al imponente espantapájaros para comer el dorado maíz. Un día me di cuenta que todo el campo dorado del cual yo comía cada día era cuidado por una familia de humanos. Estos humanos se levantaban con el sol cada día, sin importar lo ardiente del mismo. Trabajaban hasta que caía el sol. Labraban la tierra, tiraban los granos de maíz y otras ricuras, regaban con agua, alimentaban otros hermanos animales, sudaban y sudaban. Muchas veces los vi lastimarse y llorar por el esfuerzo que estaban poniendo para mantener llenos los campos dorados. Con el tiempo me di cuenta que el numero de humanos que trabajaban en el campo iba disminuyendo. Todos vivían en una pequeña choza de adobe y durante muchos días escuchaba muchos llantos y gritos desde adentro de la casa. Al parecer habían contraído una enfermedad y los consumió uno a uno.
Unos días no trabajaron y tampoco estaban en la pequeña casa de adobe, así que aproveché a entrar. El espantapájaros no dijo que no, así que ingresé por una ventana.
-Y qué viste?
-Miseria.
-como miseria?
-Si, no había ni siquiera maíz en ese hogar. Al parecer dormían como perros en el suelo. El lugar apestaba a suciedad y podredumbre.
-Vaya contraste entre el campo dorado de afuera y ese hogar.
-Exacto! Eso me generó mucha intriga.
-Explícate.
-Si. Nosotros los cuervos nos despertamos con el sol, volamos a donde se nos plazca, comemos y bebemos lo que encontremos y se nos antoje. Nunca nos falta nada, vivimos sumamente bien. Sin embargo, como les mencioné, estos humanos, no sé si vivían, no sé como llamarle a eso, pero imagínense, del más viejo al más pequeño desgastaban su fuerza vital en trabajar y ni siquiera disfrutaban de su trabajo. Sin duda, yo era uno de los más beneficiados por su trabajo, pero no trabajaban para mi. Para qué demonios trabajaban, lo tenían ya todo y a la vez nada.
-Seres muy complejos son los humanos.
-Lo son! Por eso decidí hacer un largo viaje en búsqueda de la razón por la que los humanos hacían esto. Volé de sol a sol cada día, no encontré respuestas, sólo mucho ruido. Mucho más del que hacemos nosotros los cuervos. Me di cuenta de muchas cosas.
-Cuéntanos más.
-Un día estaba sumamente agotado de tanto volar y muy hambriento y pude observar en una de esas enormes jaulas que los humanos llaman casas, que una humana anciana estaba arrojando semillas para las aves errabundas como yo. Así que aproveche a descansar y a la vez alimentarme y con cuidado descendí. La anciana me vio y sonrió y arrojó semillas hacía donde yo me encontraba. Era como si me estuviera invitando.
Llegué a la conclusión que no hallaría las respuestas que buscaba. Todo era tan complejo, así que lo dejé ser. Sin embargo, cuando decidí partir mis alas parecían estar muy cansadas. Después fueron muchos días volando. Sin darle más vueltas al asunto, decidí quedarme cerca y así mientras reponía mis fuerzas podía disfrutar de las semillas que arrojaba la anciana y aprender un poco más de los humanos. Me quedé a observar a la anciana y pude notar que cada día ella parecía más débil. Un día en lugar de caminar, observe como se mantenía sentada en una silla con ruedas. Sin embargo, pese a su condición, no dejó de alimentar a las aves errabundas como yo.
-Que agradable debe ser esa anciana.
-Lo era. Un día la vi con su cabeza abajo, se veía triste y desolada, al parecer ya no le quedaban muchas fuerzas, apenas podía arrojar las semillas, por lo que me tuve que acercar más. Noté que la anciana me sonrió, así que me animé a hablar con ella.
-Qué hiciste qué!?
-Hablé con ella.
-Y te entendió?
-No lo sé, pero me habló de vuelta, así que supongo que si.
-y qué le dijiste?
-Sólo le dije “gracias”.
-y qué te dijo la anciana?
-Me dijo, que bueno verte, desde que te vi aquel día me recordaste mucho a mi padre Carlos. Tan agotado y hambriento, como lo veía a el cada día. Ridículamente imaginé que eras mi padre viniéndome a visitar. Pero esas son tonterías. Sin embargo, no dejabas de recordarme a el, por esas dos cosas, así que te llamé Carlos.
-Sabes Carlos, me dijo la anciana. Estoy muy cansada y enferma y sé que pronto moriré. Como quisiera que Dios me diese más vida para ver a mis hijos y a mis nietos. Para ver a mis amigos y a mis amigas…a los que quedan al menos, si queda alguno. Para poder caminar y trabajar y así poder ayudar a mis hijos.
-No tiene sentido!
-Calla pico negro, déjalo hablar.
-Creo que ya no tengo nada más que decir, solo que creo haber hallado la respuesta que buscaba.
-Hasta ahora te he creído todo, menos esto.
-Ahora cállate tu ala purpura, déjalo hablar.
-Está bien, dinos qué respuesta hallaste.
-Verán, ella no decidió nacer humana, como nosotros no decidimos nacer hermosos cuervos. Nuestros estilos de vida son sumamente diferentes.
-Obviamente
-El asunto es que pese a todo, tanto ella, como los trabajadores de los maizales disfrutaron sus vidas al máximo.
-qué te hace decir eso, ambos casos son desabridos.
-lo sé, pero los trabajadores de los maizales compartieron tanto el trabajo, como la enfermedad y la muerte. Sin importar lo terrible que a mis ojos fue su vida, ellos disfrutaron cada instante de la misma, entre ellos, compartiendo todo. La anciana, quizá no vivió de la misma manera, sin embargo, sus deseos ya en el ocaso de su vida, era de seguir viviendo, pese a lo lastimosa que era su vida, solo para ver y compartir con sus semejantes. Ella me dio la clave.
-Aún digo sin entender.
-Quizá si te callaras pico negro…
-Los humanos suelen aferrarse a las cosas, pero más que todo a sus semejantes. Solo vean este lugar. Los humanos no pueden alegrarse porque sus semejantes descansan, sino que los quieren aquí y ahora. Estoy seguro que si los que están bajo tierra pudieran hablar, dirían que tampoco quieren irse.
-ya veo…el vivir de los humanos es el compartir cada momento con otros.
-Entiendo, ahora dime, que fue de la anciana.
-Hoy he venido a despedirme de ella y al parecer todos esos tristes humanos que visten de negro como nosotros los cuervos, también están tratando de despedirse.
-Qué le vamos a hacer?
-Si, la vida es como es, disfrutemos cada momento. Después de todo, no importa lo que hagamos o seamos, nunca jamás volveremos a vivir la misma vida.
-Tienes razón y es por eso que antes de descansar quiero ir a disfrutar de los maizales, de esos campos dorados de donde vienes.

-Me parece muy buena la idea, mañana saldremos con el sol, a los maizales, a los maizales iremos cuando salga el sol y disfrutaremos hasta el día en que descansemos. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

EL NIÑO

EL NIÑO

En una noche de Septiembre se reunieron a cenar un grupo muy particular de nefastas entidades. Una enorme sala, adornada de manera muy elegante y formal; sin embargo, pese a la cantidad de candelabros encendidos, ésta permanecía de un lúgubre color gris. Una gigantesca mesa rectangular negra estaba justo al medio de la sala, rodeada de enormes sillas, cada una similar al trono de un rey, pues eran enormes y con detalles muy artísticos grabados en sus negros maderos. Sobre la mesa se hallaban toda clase de manjares y en cantidad suficiente como para comer durante días  y como para alimentar a cientos de personas.

Una enorme figura, encabezaba uno de los extremos de la mesa. Su aspecto era sumamente imponente. Se veía robusto cual roble y su estatura era similar a la de un elefante. Sí, un elefante parado en dos patas. Su enorme cabeza era adornada  por una enorme melena y una especie de corona, la cual estaba formada a base de espadas y balas. Sobre su espalda una capa gruesa formada de pieles de animales tejidas entre sí. Sus ojos, fieros, rojos como la más espesa sangre y una mirada sumamente penetrante, desafiante y hasta ofensiva. Dio un golpe sobre la mesa, lo cual se escucho tan fuerte como cuando cae un árbol y abrió su enorme boca y con su ensordecedora voz dijo:
-“Demos inicio a esta reunión de una vez por todas o empezaré a destrozar sus cabezas”

Mientras hablaba, algunos de los presentes cubrieron sus orejas, pues su voz les resultaba demasiado fuerte. Mientras uno de los sirvientes se apresuro a abrir la enorme puerta de la sala gris y con campana resonando en mano dijo:
-“Ha llegado el invitado que faltaba, puestos de pie todos y saluden a su santidad”

En el marco de la puerta yacía de pie una extraña figura. Vestía una larga túnica de muchos adornos y colores. En el borde inferior de su colorida túnica colgaban cientos de campanillas, las cuales hacían mucho ruido con cada uno de sus movimientos. En su mano derecha portaba un báculo de oro, engarzado con todo tipo de piedras preciosas y grabado con una variedad de figuras como serpientes, aves, cruces, peces, soles y lunas. Cada uno de sus diez dedos estaba adornado por anillos de metales y joyas preciosas. De su cuello colgaban enormes cadenas de oro con cantidad de dijes y cosas similares a amuletos colgando de las mismas. Sobre su cabeza tenía reposaba una corona dorada, que al igual que el báculo, estaba engarzada de joyas y grabada con múltiples figuras. Por alguna extraña razón, esta colorida figura inspiraba solemnidad.

-“Toma asiento de una vez por todas e iniciemos con esto o tendré que sentarte a la fuerza”
Hablo nuevamente con voz estruendosa quien encabezaba uno de los extremos de la gigantesca mesa.
-“Sí, sí, perdonen la demora y no son necesarias las amenazas, en seguida me sentaré y procederemos con la reunión” Dijo la colorida figura.
Una vez todos sentados, al centro de la mesa se puso de pie una alta y escuálida figura. Su rostro estaba totalmente cubierto por una larga y espesa cabellera negra. Asimismo todo su cuerpo estaba revestido con un sucio y apestoso manto de color negro. Su cabeza cubierta con una capucha y sobre esta reposaba una corona de aspecto muy tenebroso. Compuesta por cráneos y cuernos que salían de los agujeros oculares de los cráneos, esta figura sin duda inspiraba mucho temor. Su voz, aunque parecían susurros, era clara y de alguna forma sumamente fría, provocaba escalofríos al escucharle.
La reunión dio inicio con sus fríos susurros diciendo así:

- Gracias a todos por venir. Espero el banquete sea de su gusto. El motivo de esta reunión es para celebrar nuestros avances y proponer nuevas estrategias para la destrucción integral de este asqueroso mundo. Ahora deleitémonos con los manjares y nuestras historias, quién desee iniciar, puede levantar su mano y tomar la palabra.

Se escucha nuevamente un estruendoso golpe, como cuando cae un enorme árbol sobre la tierra y el gigante de la corona de armas y la capa de pieles toma la palabra:

- Al carajo las formalidades. Mi nombre es Violencia y más que todos ustedes yo he estado destruyendo el asqueroso mundo. Las personas ya no saben pensar, y si en dado caso piensan, en lo primero que piensan es en mí. Yo no soy solo un pensamiento, yo soy la acción ejecutada, las palabras hirientes, los insultos, las guerras, la falta de respeto, la falta de paz, el maltrato a los niños, hombres y mujeres por igual. Yo soy el arma de destrucción masiva, estoy impregnado en los genes de toda la humanidad. No existe un solo niño que no haya crecido conmigo y que al ser adultos y tenga sus propios hijos no les enseñe acerca de mi, de una u otra manera. He devorado incontables vidas, he mutilado el concepto de niñez. Yo soy violencia, la palabra paz me causa risa, soy el común denominador de las naciones, pues todas se han erigido usándome como un medio.

Luego de esto, tomo una pierna de cerdo y de un solo bocado se la comió.
El resto de invitados parecían estar un poco atónitos, unos por el discurso, otros por el volumen de su estruendosa vos. Pasaron unos minutos comiendo, cuando una figura  particular que estaba vestida con hojas de papel, llenas de escritos en todo tipo de idiomas. Algunas de estas hojas contenían dibujos infantiles para colorear, números,  abecedarios y sin duda, muchas otras eran parte de uno que otro diccionario. En lugar de corona, esta figura adornaba su cabeza con un cono de cartón.  Apenas se entendía lo que esta figura trataba de decir, ya que su boca estaba atorada de alimentos. El resto de los invitados la observaban con disgusto, hasta que esta logró tragar un poco de los alimentos que tenía en su boca y así sus palabras fueron más entendibles y dijo:

Pues a mí me llaman Falta de educación, algunos me llaman irresponsabilidad, ignorancia otros desinterés, tengo muchos nombres, los cuales no me importan, pues no entiendo la mayoría de lo que estos significan. Estoy seguro, que no son necesarios.  La cosa es que lo que yo hago es sembrar la falta de interés en las personas en progresar, en aprender, en educarse, puesto que haciendo esto desde que son niños es como quitarles la oportunidad a un poco de calidad de vida. Si no saben leer y escribir, automáticamente pierden un ochenta porciento de las probabilidades para sobrevivir en el odioso mundo.  Hay padres en los cuales he trabajado muy bien para que no sean responsables en educar a sus hijos y un gran porcentaje (creo que se dice porcentaje y creo que tiene que ver con números) de los niños que no se educan, terminan siendo mendigos o peor aún, criminales, ladrones, violadores, racistas y asesinos.  He hecho todo esto y sin educarme - aplausos para mí, aplausos para mí.

Después de concluir con estas palabras hecho un largo eructo y siguió llenándose la boca de comida.
Luego dirigiéndose a la figura que estaba a su lado derecho le dijo:
-¿Oye tu lombriz de tierra, por qué no comes?

La figura a su lado derecho poseía una terrible imagen. Era similar a un esqueleto, totalmente desnudo y cubierto nada más por uno que otro pellejo.  No era imponente del todo, aunque si impactaba al verle directamente. En su hombro izquierdo había un enorme buitre, casi del doble del tamaño del que le servía como silla. Esta figura esquelética se adornaba con una corona de huesos y dientes los cuales estaban encajados en su cráneo, como si trataran de devorarlo.
La esquelética figura parecía tratar de hablar, más no podía, al parecer por debilidad, pues solo débiles sollozos salían de sus resecos y agrietados labios. Sin embargo, el gran buitre abrió el pico y dijo:

- Este moribundo no puede hablar, como verán, está muy débil, tan débil que no puede llevar ni una pizca de estos manjares a su boca. Por cierto, lo traje para poder sentarme, ya que sus sillas, no me resultan más cómodas que uno de estos moribundos. Yo soy el hambre y existo gracias a la indiferencia y al egoísmo principalmente.  Debo admitir que soy muy débil, puesto que hay muchísimas formas de erradicarme, pero mi fortaleza radica en la estupidez humana y esta no tiene limites, mucho menos el egoísmo. Las personas prefieren comprar lujos y cosas innecesarias que alimentar al hambriento y hay hambrientos que prefieren vestir antes que comer y malos padres que prefieren alimentar vicios, antes que alimentar a sus hijos y  así existo yo, cada día engordo más con los cadáveres de millones de niños que nunca tendrán la oportunidad de caminar, correr, reír, jugar, crecer y educarse. Todo esto por mí, por el hambre. No necesito de estos manjares, solo vine a entretenerme, pues como he mencionado, tengo más de lo que quisiera consumir con tanto muerto de hambre.
Al finalizar, arrancó un pellejo de la esquelética figura en la cual estaba sentado y se limito a masticarlo.

Una especie de garra se alzó para tomar la palabra. Todos los ojos de los presentes se centraron en la extraña figura, la cual poseía un aspecto horripilante, pero sumamente llamativo.  Su piel era color rojo intenso, la mitad de su cuerpo parecía la de una cabra, así como los cuernos que adornaban su cabeza. Tenía unos colmillos enormes como los de un león y unas enormes y negras alas como de murciélago que salía de su espalda. Dos pares de estas para ser exactos.  Poseía una larga y espesa barba negra y una pequeña corona con la figura de un mundo colocada justo entre los dos cuernos de cabra de su cabeza.  Despedía un terrible olor a azufre y al abrir su boca se escapaban llamaradas de fuego, como si fuera una especie de dragón y dijo:

-Yo soy la estrella aquí, yo soy Lucifer, Satanás, el Diablo y ustedes sabrán el resto de nombres, puesto que detrás de cada uno de ustedes, en realidad soy yo el que hace y deshace toda la maldad del mundo.

Interrumpiéndole la solemne y colorida figura del báculo dorado le dijo:

- ¿De qué te vanaglorias tu, ser artificial? No eres más que la excusa que utiliza el ser humano para justificar todas las maldades.

- ¿Me lo dices tú, religión, quién eres el que más habla de mi, el que más me promueve y quien le arrebata la libertad de pensar y hacer a las personas para “evitar que se vengan conmigo”? No me hagas reír, tu eres quien siembra la culpa desde que son niños y todo lo que el niño pueda tocar y ver aparte de la iglesia y sus libros sagrados, le atribuyes que es de mi propiedad “todo es del Diablo” te llenas la boca diciendo. Para ti, religión, yo soy el dueño de todo lo material, de todo el placer, de todos los deseos ajenos a los de la religión, así que si soy artificial o real, debo agradecerte por la propaganda.

Entonces religión, el ser colorido del báculo, se quedó callado.
Durante el resto de la velada muchos levantaron sus manos para tomar la palabra y hablar de sus maldades. Entre estos, el odio, el rencor, la enfermedad, entre otros.
Casi llegando al amanecer, la figura alta, escuálida y susurrante se puso de pie y dijo:
-Hijos míos, han hecho bien desde la creación del mundo. Cada uno de ustedes, no puede ser mejor ni peor que el otro. Mientras todos cumplan con su fin que es destruir, todo sigue bien. He estado pensando en un plan para mejorar la destrucción y está aquí presente. Levántate y di tu nombre y qué haces.

Al lado derecho de la escuálida figura estaba una pequeña silla. De esta se levanto una pequeña figura y dijo:

-Hola, yo soy un niño y lo que hago es guardar todo lo que ustedes hacen. A través de mis sentidos capto todo lo que ustedes han inculcado en mis padres y al crecer haré lo mismo con mis hijos y así aseguraré el legado de su padre.

-“Bueno, siéntate, ya has hablado demasiado y visto demasiado. Espero que cumplas con todo lo que te hemos dejado.” Dijo la escuálida figura y prosiguió:

-No hay maldad fuera del ser humano, ellos mismos cultivan y cosechan las semillas que desde niños les proveemos. Yo, Temor, padre de todos ustedes, me gozo en esta velada al escuchar de sus acciones y de como siguen infectando y retrasando el progreso humano. Muchas gracias por haber venido, queda concluida la reunión. Nos veremos en cien años, si es que queda algo.
Entre abrazos y estrechones de manos y garras, las horripilantes figuras se fueron poniendo de pie, cuando de repente se escucha que tocan la gran puerta de la sala gris.

-¡¿Quién rayos se atreve a venir al finalizar nuestra reunión?! dijo violencia.
Uno de los sirvientes abrió y para sorpresa de todos, ingresó a la sala un pequeño robot de juguete. Luces intermitentes de sus ojos y pistola y chispas por su boca. Pasos lentos y atolondrados, uno tras otro, mientras todos lo observaban con curiosidad. El robot se detuvo frente a la mesa y el Diablo dijo:

-oye religión, ¿dirás que es mío?
Religión le respondió en tono de burla
-Parece que sólo tú podrías hacer tal broma de mal gusto.

La figura esquelética que sostenía al hambre, parecía estar sonriendo, muy tenuemente. Con una mueca en su seca y agrietada boca.
Violencia levantó su enorme pie, para aplastar el robot de juguete, cuando el sirviente que estaba al lado de la puerta dijo:
-al parecer, tenemos visita.

Sin hesitar, entro corriendo una pequeña figura y rescató al robot. Se trataba de un pequeño niño.
Con el robot en manos, lo alzó como ofreciéndoselo a Violencia y se pudo entender como en un tono muy alegre le dijo:
-¿Jugamos?

Violencia se quedó congelado. El pequeño niño miro con suma curiosidad a cada uno de los presentes  y después de unos segundos se fijo en la escuálida figura. Nadie se movía, todos lo veían como estupefactos. El pequeño niño se acerco a la escuálida figura, mientras el gran buitre que posaba en su hombro izquierdo lo veía con el pico abierto. El niño tomó al escuálido humano de a mano, se sacó un chocolate de la pequeña bolsa derecha que tenía sus pequeños pantalones y se lo puso en la mano y le dijo:
-“come”

El escuálido humano, trató con todas sus fuerzas de apretar la mano del niño en gesto de agradecimiento, pero no pudo, sin embargo, podía verse brotar un hilo de lágrimas de cada ojo y la frágil sonrisa en sus secos y quebrados labios.  El buitre llamado hambre dio un grito y salió volando por la puerta.

-“Basta ya!”
Dijo Temor.
-          ¿Es que acaso no nos temes?

El pequeño niño respondió con una sonrisa:
-          ¿Qué es Temor?

Horrorizados y gritando todos los presentes salieron corriendo por la puerta. El niño le dio cuerda a su robot y tomando al otro de la mano salió también con la salida del sol.

Feliz día del niño


León Montes